Por Swami Kriyananda (J. Donald Walters)

   Conocí a Paramhansa Yogananda a raíz de leer su libro. Encontrar el libro fue, tengo que reconocerlo, algo absolutamente inesperado. Allí estaba, colocado “inocentemente”, en un estante de una librería de la Quinta Avenida de Nueva York. Yo no tenía ni idea de que este libro revolucionaría completamente mi vida.

   Fue al final del verano de 1948. Estaba desesperado por conocer la verdad. Nada de lo que había encontrado me había convencido de que la gente estaba en lo cierto respecto a lo que me instaban a seguir considerándolo mi destino. Mi padre era geólogo, trabajaba para una importante compañía petrolífera. Mi madre era feliz y respetada en su medio social. En muchos sentidos, los dos eran unos padres ideales; por ejemplo, jamás les vi discutir. Su amor y respeto mutuo eran una fuente de inspiración para sus numerosos amigos.

Aún así, yo no era feliz. Sentía que la vida debía ofrecer algo más que el matrimonio, una casa encantadora en unas encantadoras afueras, un empleo socialmente aceptable y “fiestas” con los amigos. Era desesperadamente infeliz. Buscaba a Dios y no tenía ni idea de qué hacer para encontrarlo.

Fue entonces cuando tropecé con este libro. Leerlo fue la experiencia más emocionante de mi vida. A medida que me lanzaba a esta aventura literaria, me encontraba a mí mismo fluctuando entre la risa y las lágrimas: lágrimas de dicha, risa de una dicha todavía mayor. Supe que allí había encontrado al fin a alguien que tenía lo que yo necesitaba urgentemente; ¡alguien que conocía a Dios!

Cogí el primer autobús directo que cruzaba Norteamérica; un viaje de cuatro días y cuatro noches hasta Los Ángeles, donde él vivía. Las primeras palabras que le dirigí hubieran sido inconcebibles para mí apenas una semana antes. Términos como gurú, yoga, karma y muchos otros que hoy forman parte del lenguaje corriente, eran totalmente nuevos para mí. Con todo, mis primeras palabras al dirigirme a él fueron, “quiero ser su discípulo”. En lo más profundo de mí mismo sabía que ante mí estaba mi tan ansiada guía al Infinito.

Para mi dicha, indescriptible dicha, me aceptó. Su vida, una epopeya de compasión, sumó aquel día una prueba más de su amabilidad insondable: acogió a un imberbe de veintidós años, totalmente ignorante en materia espiritual, pero con ferviente deseo de ser enseñado. Debió darse cuenta del trabajo hercúleo que estaba aceptando. No obstante decidió hacer todo lo posible por modelar este trozo de barro, difícil de manejar, de forma que se pareciera a un yogui.

Mi propia historia y lo que significó vivir con este gran hombre de Dios se relata en El Sendero (Autobiografía de un yogui occidental). Este breve testimonio es sólo una invitación a que leas las siguientes páginas.
Se dice que ningún hombre es grande a los ojos de su criado. El dicho queda invalidado en la vida de Paramhansa Yogananda. Sigue siendo el más grande ser humano que yo he conocido jamás. Las personas más cercanas eran las que sentían hacia él la mayor estima y reverencia.

Confieso que había cosas en su libro que mentalmente tuve que dejar en la estantería; ciertamente no porque no las creyera, pues mi fe en él fue siempre total, sino porque eran cosas para las que mi educación moderna no me había preparado. Sin embargo, cuanto más vivía con él, más consciente era de que las maravillas, bueno, ¿por qué no decirlo?, ¡los milagros!, eran un hecho cotidiano en su vida.

Querido lector, si estás dispuesto a arriesgarte a un cambio completo en tu forma de ver la vida, ¡lee este libro! Te prometo que no te pesará. Al contrario, ganarás una nueva y gozosa visión de lo que realmente significa la vida.

Conocí a Paramhansa Yogananda hace cincuenta y cinco años. Desde entonces he sido un discípulo fiel. Y cada día estoy más convencido de que trajo al mundo algo que todo el género humano necesita desesperadamente.