Estábamos caminando tranquilamente por el sendero de un bosque en las laderas del Himalaya, cuando de repente llamaron mi atención la agitación de alas y el movimiento en los árboles sobre mi cabeza. Allí estaba, lo que estaba esperando ver… la urraca azul de pico rojo.

Durante nuestra estadía en India los años anteriores, habíamos tomado un período de reclusión en un hospedaje remoto en el Monte Abbot en el distrito de Almora en el norte de India. Allí las vistas son espectaculares, con panorámicas del Himalaya adornado con picos magníficos como Nanda Devi y Panchachuli.

Cada año mientras nos preparamos para ir al Monte Abbot, surgen dos deseos en mi corazón. Uno es un llamado del alma: “Quiero sentir la presencia de Dios más profundamente en meditación.” El otro es mucho más mundano, pero sin embargo me llama: “Me encantaría vislumbrar a la esquiva urraca azul de pico rojo.”

Había vislumbrado a esta hermosa ave los tres años anteriores cuando visitamos las montañas. La urraca tiene pico rojo, cuerpo azul brillante de unos veinticinco centímetros, y una cola rayada azul y blanca de casi dos veces el largo de su cuerpo. Pero uno tiene que verla volando para apreciar realmente la belleza única de la urraca. Mientras vuela, su larga cola ondula, y ves un maravilloso movimiento ondulante de rayas azules y blancas moviéndose en el aire.

Así que estábamos allí esa mañana de Octubre pasado, cuando para nuestro deleite, la urraca de repente apareció ante nosotros. “Encantador evasivo,” me dije a mi misma, “gracias por revelarte.”

Luego pensé que tal vez mi verdadero objetivo para nuestro viaje — sentir profundamente la presencia de Dios — y el deseo de ver la urraca estaban interconectados. Me di cuenta de que los pasos que había dado para ver a esta ave encantadora eran básicamente los mismos pasos que había estado dando para ver a Dios:

1. Primero, realmente quería ver los objetos de mi deseo. Si yo hubiese estado totalmente indiferente a su existencia (de Dios o de la urraca), sabía que no los hubiese percibido.

2. Me sintonicé para sentir su consciencia, y les pedí interiormente que aparezcan. Traté de proyectar mi consciencia para sentir su ser, para comulgar con ellos, y para invitarlos a venir a mí.

3. Me mantuve pacientemente atenta, e interiormente alerta a su llegada. Es importante estar atento, porque Dios llega, como dijo Jesús, “como un ladrón en la noche.” Nunca puedes predecir cuándo aparecerá el deseo de tu corazón, por eso trato de no dejar que mi atención flaquee mientras espero pacientemente por su llegada.

4. Cando llegó el momento en que la urraca apareció, me mantuve calma y en silencio, para no ahuyentarla con mi agitación. Cuanto más me podía quedar en calma, más se nos acercaba la urraca, hasta que finalmente voló bien cerca. Lo mismo es verdad cuando sentimos la presencia de Dios o entramos en un estado profundo de meditación. La calma prolonga y profundiza la experiencia.

5. Expresé gratitud interiormente por la experiencia y traté de no estar apegada a ella, sabiendo que la urraca podía alejarse volando en cualquier momento. Dios Se nos revela cuando nuestros corazones están en paz y agradecidos por cada momento que Él está con nosotros.

De hecho sentí que la urraca disfrutó aparecer ante nosotros, porque pudo sentir nuestro profundo aprecio por su belleza. Por eso, también, siento que Dios quiere revelarse a Sí mismo ante nosotros, cuando Él ve que realmente apreciamos lo que Él ha venido a ofrecer.

La reclusión en el Monte Abbot nos trajo la realización de nuestros dos deseos y nos enseñó muchas cosas. Podemos atraer la presencia de Dios, como la de la hermosa urraca, cuando llamamos con sensibilidad, escuchamos interiormente, esperamos pacientemente, y lo recibimos a Él en nuestros corazones con gratitud.

Disfrutando de los momentos inesperados de la vida,

Nayaswami Devi

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