Había algo que faltaba; la vida que estaba viviendo era una jaula. Sí, la jaula era cómoda — tenía un buen empleo, ganando tanto dinero como respeto — pero me sentía restringido, limitado a la tierra. En mi tiempo libre comencé a escalar colinas y montañas, conquistando gradualmente los picos más altos. Durante un tiempo fue gratificante, incluso apasionante. Las vistas panorámicas que vi eran vastas, imponentes, y mucho más expansivas que mi vida en la ciudad. Pero sin importar cuán lejos viajase, o cuán alto escalase, mis botas todavía eran prisioneras de la gravedad.
Luego recordé el globo aerostático que estaba en un rincón oscuro de un viejo cobertizo. Tal vez esa era la respuesta. Lo saqué de la caja y leí un libro sobre cómo usarlo. Una linda mañana — era un domingo de Abril, lo recuerdo claramente — tomé mi primer vuelo. Al principio fue un trabajo arduo y difícil: el desempaque y armado, arreglar las ataduras, encender el quemador. Pero también era excitante. A partir de ese día me elevé hacia el cielo tan a menudo como pude. Pero todavía seguía atado al suelo, mantenido allí por mi falta de habilidad y, lo admito, por mi falta de coraje.
Luego llegó mi Maestro. Apareció silenciosamente un mañana justo después de que regresé a la tierra. Él dijo, “Te he estado observando y veo que compartes mi amor por los cielos. Si gustas, tal vez pueda guiarte a ir más alto.” Acepté rápidamente, aunque estaba un poco escéptico de este hombre de cabello largo y piel oscura. Pero pronto me mostró como cortar las cuerdas que me limitaban, como volar alto, y como aterrizar suavemente. Semana tras semana fuimos más y más alto, riéndonos con placer, sonriendo con gozo. Era maravilloso, pero el deleite pronto comenzó a disminuir.
“Veo que ya no estás satisfecho con estos saltitos,” dijo un día el Maestro. “Cuando realmente quieras dejar los confines de la gravedad, te llevaré más alto. Pero tendrás que estar dispuesto a dejar atrás las limitaciones de tu vieja vida. Llámame cuando estés listo.”
Intenté regresar a mi empleo, mi rutina, mi jaula dorada. Se sentía tan pequeña luego de que había visto los cielos, y un día estuve listo.
Tuvimos que usar otra clase de globo, uno que pudiese volar sobre las nubes hacia los mismos límites de la atmósfera. Esto era lo que yo había estado buscando, un lugar donde las ciudades y las fábricas se desvanecían, donde incluso los caminos y las colinas se volvían invisibles. A medida que ascendíamos más comenzamos a ver la curvatura de la tierra, y las inmóviles fronteras imaginarias de las naciones parecían no ser más que un chiste cruel. La tierra entera, las montañas y bosques, toda la humanidad se volvieron una. Continuamos durante días y semanas, hasta que el concepto del tiempo se volvió insignificante. Pero un día tuvimos que descender, golpeando las rocas con una sacudida. Yo lloré, y el Maestro se rió.
Imagen de la NASA.
“Ven,” dijo él. “Dejemos esta pequeña bola azul para siempre, y fundámonos con las estrellas.” Recordé mi empleo, mis acciones, mi familia, y el miedo me superó. Él me miró profundamente, elevando una pestaña con su manera gentil e inquisitiva. Entonces supe con certeza que esto, solo esto, era lo que anhelaba. Incliné mi cabeza y me arrodillé a sus pies, y mientras él me tocaba suavemente mi pecho, mi respiración se desvaneció y cesó.
Mira hacia el centro de la galaxia si quieres conocer mi sendero. Si tú, también, anhelas volar, un día el Maestro seguramente vendrá a ti.
En gozosa expansión,
Nayaswami Jyotish

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